miércoles, 15 de febrero de 2012

DESDE LA PALABRA: La Teología y el teólogo


*Francisco Castro

La Teología, como todo saber humano, tiene su historia y su evolución. Durante los primeros siglos, los teólogos eran los Padres de la Iglesia y los Obispos, y luego fueron apareciendo las aportaciones de las órdenes monásticas. Con las primeras universidades, la Teología experimentó un gran desarrollo respecto a la vocación de la Iglesia de enseñar la Palabra revelada. No nos vamos a parar a detallar los grandes momentos de la Teología (Escolástica, Renacimiento, Concilio de Trento, Ilustración e Idealismo, etcétera) o los grandes teólogos (Santo Tomás de Aquino, San Agustín, por nombrar a dos de los más conocidos) que han sabido guiar a la Iglesia en la gracia y a la luz del Espíritu Santo, hasta llegar a nuestros días, con los concilios Vaticano I y Vaticano II y los magisterios de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

A los historiadores siempre ha resultado ardua tarea establecer “momentos”, porque todo en la historia está relacionado. Lo actual se relaciona con lo anterior y viceversa. Y, hoy, gracias al amplio trabajo del Magisterio y de la Tradición, podemos hablar de Teología como ciencia, pero una ciencia que está sujeta a unas reglas y a unos métodos. No obstante, a diferencia de otras ciencias, la Teología ha tenido un factor común durante todos estos siglos: la Palabra revelada, Cristo, como fuente principal de sabiduría.

Por lo tanto, la misión del teólogo no es buscar la verdad en su fundamento, porque la verdad está en las Sagradas Escrituras, sino la de investigar respecto a que la verdad revelada sea inteligible, desde la fe misma y la razón. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32). No es un pasado, simplemente, sino un pasado que se proyecta hacia el futuro del hombre en un tiempo teleológico.

En todas las épocas, la Teología ha querido responder a los interrogantes de la humanidad sobre la verdad, porque su búsqueda está en su condición innata y el teólogo ha querido explicar desde un primer momento el mensaje principal de Jesús: el Reino de Dios, porque Cristo quiere que “todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (2 Tim 2,4), así como la revelación Trinitaria y la inequívoca naturaleza de Jesús.

“La verdad posee en sí misma una fuerza unificante: libera a los hombres del aislamiento y de las oposiciones en las que se encuentran encerrados por la ignorancia de la verdad y, mientras abre el camino hacia Dios, une los unos con los otros” (Ratzinger, 1990).

Una de las principales tareas del teólogo como científico es investigar la naturaleza de la revelación (Dei verbum), así como lenguajes, géneros literarios y formas de comunicación para dar a conocer, mediante una metodología propia, el acontecimiento histórico y metahistórico de Jesús de Nazaret, como verdad radical, que cambia por completo el transcurso de la historia del ser humano. Para esta tarea, tiene en cuenta otras ciencias emanadas de la inteligencia del ser humano, como la Filosofía, de manera que “se adquiera un conocimiento fundado y coherente del hombre, del mundo y de Dios” (Optatam totius nº 15). Sobre estos aspectos, también podemos consultar la encíclica de Juan Pablo II “Fides et ratio”.

El teólogo, por consiguiente, debe tener competencia y preparación científica en Sagradas Escrituras, Magisterio y Tradición, pero desde la fidelidad eclesial y en comunión con el Santo Padre y las enseñanzas de los obispos. “Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1).  Este estado es de suma importancia, porque el teólogo debe conocer también la cultura dominante y los signos de los tiempos y reconocer, dentro de su eclesialidad, las formas más adecuadas, y el saber racional del Magisterio que parte de la fe, así como la enseñanza del Santo Padre en su ejercicio de “ex cathedra”. Su ministerio, entonces, no se contrapone a saber escuchar a un mundo multicultural y multireligioso.

Un teólogo puede ser hoy un clérigo o un laico, pero este último debe tener siempre presente su pertenencia al Pueblo de Dios. Aquí hay que hacer especial mención al legado teológico del siglo XX respecto a la participación e intervención, que son dos cosas diferentes, pero complementarias, de la mujer.

El Magisterio “no se cansa” en repetir que  hay que desarrollar un trabajo de constante “recuperación” de la Palabra revelada, que es fuente primera de la sabiduría, la verdad y la esperanza: “Más bien, glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15).

El teólogo tiene ya el mandato de Cristo, que instituyó a doce y los envió a predicar (Mc 3, 14-15), pero dentro de la unidad de la Iglesia: “Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1 Cor 10, 17).

*Periodista. Estudiante en Tesina de Licenciatura en Ciencias Religiosas.