martes, 10 de mayo de 2011

José Román Flecha: “Defendemos el hábitat natural, pero no al ser humano”


El Catedrático de Teología Moral en la Universidad Pontificia de Salamanca, José Román Flecha, que participó en el Congreso Diálogo Fe-Cultura del ISTIC, el pasado mes de abril, nos acerca al conocimiento de la ecología de lo humano y sentencia que hoy “defendemos el hábitat natural, pero no al ser humano”.

-¿En qué estado de salud se encuentra hoy la ecología de lo humano?

-“No se puede generalizar, pero todo indica que la sociedad actual ha descubierto el riesgo que corre la vida no humana en el planeta, pero no ha llegado a descubrir el peligro en el que se encuentra la especie humana, tanto en lo biológico como en lo ético. En consecuencia, tanto los gobernantes como las organizaciones no gubernamentales o los individuos privados se preocupan por la defensa del hábitat natural y por la tutela de las plantas y los animales, pero no ponen el mismo esfuerzo por defender al ser humano”.

-¿Se puede afirmar que el ser humano ha sobrepasado ya lo ecológicamente correcto, desde un prisma moral?

-“Por lo que se refiere al crecimiento sostenible, ya en 1992 se publicaba un libro que llevaba un título tan expresivo como éste: ‘Más allá de los límites’. Evidentemente, se refería al deterioro del planeta, a la pérdida de los recursos energéticos no renovables y a la contaminación de las tierras, las aguas y el aire. Ahora bien, si alguien osa afirmar algo parecido respecto a la pérdida de las referencias morales será calificado de tremendista o algo semejante”.

-¿Pero nos encontramos ante una sociedad que rechaza las verdades morales?

-“Ya hace ochenta años que el historiador holandés Johan Huizinga escribió su obra sobre ‘La crisis de la cultura’. Según él, nuestra época ha abandonado las normas de la inteligencia y del buen juicio a favor de la voluntad de vivir. Según J. Koenot, si la cultura occidental se construyó sobre el ‘logos’ de la filosofía griega y sobre el ‘Verbo’ de la revelación cristiana, la postmodernidad ha subrayado la importancia del ‘pathos’. Hemos pasado de la era de la razón a la era de las emociones. En este tiempo es muy difícil defender unos valores morales estables. El hombre de hoy confunde la autenticidad con la subjetividad. En una sociedad que juzga las acciones según la situación emocional de cada uno es imposible apelar a verdades morales. Al menos, hasta que no nos toca a nosotros pagar las consecuencia del relativismo y emocionalismo de los demás”.

-¿Es reconducible el maltrato de la ecología de lo humano?

-“Nunca hay que perder la esperanza. La humanidad tardó muchos siglos en descubrir la inmoralidad de la esclavitud. Seguramente tardará bastante tiempo en descubrir la inmoralidad de los mil abusos de la ecología de lo humano. Si no la descubre por vía racional, la descubrirá por los mismos intereses económicos que ha convertido en sus nuevos ídolos. Un día descubrirá que es antieconómico destruir la familia o eliminar la vida humana no deseada”.

-En un espacio vital donde el ser humano en todas sus etapas -infancia, adolescencia, madurez, vejez- ha quedado relegado al plano de lo políticamente "incorrecto", ¿qué solución queda?

-“Hay otras culturas que valoran a los niños y a los ancianos, no por lo que producen sino por lo que son y por quienes son. Los modernos flujos migratorios están creando una sociedad multicultural. Y todos los días descubrimos que las personas que llegan de lejos tienen mucho que enseñarnos. El diálogo intercultural y una educación más seria y responsable pueden modificar la forma de pensar y de vivir de las próximas generaciones”.

-¿Sabemos los cristianos lo que ecológicamente debemos hacer con nuestra propia especie, la humana?

-“Claro que lo sabemos. Jesús es la revelación de Dios al hombre. Pero es también la revelación del hombre al mismo hombre. En él hemos descubierto qué significa y exige ser personas. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esa dignidad nos lleva a descubrir y proyectar un nudo de relaciones con lo otro, con los otros y con el Absolutamente Otro. A veces nos lamentamos de que la sociedad nos impide llevar a cabo ese ideal de señorío ante las cosas, de fraternidad con los demás y de filialidad ante Dios nuestro Padre. Pero la mayor dificultad está en nuestra secularización interna, en nuestro ateísmo práctico, en nuestro modo de vivir como creyentes no practicantes o como practicantes no creyentes. Necesitamos reflexionar más y orar mucho más. Sin pereza y sin miedo. Necesitamos abrir las puertas a Cristo, como nos pedía el beato Juan Pablo II”.